«El Alcoy Ideal»

Esta publicación es algo diferente. Hojeando por los números del periódico La Gaceta de Levante, editado en Alcoy entre 1924 y 1935, encontré una serie de curiosos artículos en los que se narra una visión idealizada del Alcoy de 30 años después.

Estos artículos debían ser parte de una serie más larga que lo que finalmente se publicó (debió cancelarse al publicar la segunda entrega), pero lo poco que llegó a ver la luz es muy interesante. Los textos los firma Jorge Valor, y fueron publicados el 9 y el 24 de diciembre de 1926 bajo el título de «EL ALCOY IDEAL». El hilo conductor es la visita a Alcoy de un tal don Federico, en octubre de 1956, ya que hacía treinta años que no visitaba su ciudad natal. Es un ejercicio de imaginación del autor, muy detallada en algunos casos, viendo cómo creció la ciudad en los últimos años y suponiendo un crecimiento similar en los 30 siguientes.

Hay muchos detalles que llaman la atención. Lo primero que se dice es que a la gran estación del Norte llega una locomotora eléctrica. Esta estación se encuentra ubicada en una concurrida plaza llena de edificios y tiendas. Por la Avinguda Juan Gil-Albert circula un tranvía que viene de la Avenida Canalejas (l’Alameda), y en estas dos grandes vías hay multitud de edificios importantes, algunos de ellos ya existentes en 1926. Muy detallada es la descripción de la Rosaleda, en la que además el autor proyecta su ideal de que en un futuro la lengua valenciana se pusiera en valor, dedicándole un monumento en el centro de esa plaza, así como su propio nombre. Además, el protagonista se sorprende de que se hayan rotulado algunas calles con sus nombres tradicionales en valenciano, como por ejemplo «carrer Caragol», o «la Beniata».

Como ya he dicho, esta serie no parece que debía terminar ahí, ya que el planteamiento sugiere un desarrollo más largo (el protagonista se queda unos quince días) en el que se explorará todo el casco urbano de Alcoy en ese hipotético año 1956. El valor de estas publicaciones reside en los pequeños «recuerdos» del Alcoy de 1926 y en las visiones de futuro que tenían los alcoyanos de esa época. Obviamente, nada de lo que se cuenta llegó a suceder (excepto algunos cambios de nombres), pero podemos imaginarnos cómo sería ese «universo paralelo» en el que el autor nos introduce.

Sin más, aquí están transcritos las dos partes publicadas de «El Alcoy Ideal».

 

I. Primera impresión

A mediodía del domingo 1º de Octubre de 1956 entraba en agujas el tren correo procedente de Valencia. Antes de que la enorme locomotora eléctrica detuviese por completo sus funciones, saltaron al andén algunos jóvenes, los más ágiles e impacientes de los pasajeros, y momentos después empezaron a descender de los largos y confortables vagones multitud de viajeros de ambos sexos. Entre el barullo que se formaba por las voces y exclamaciones de los recién llegados se destacaban los gritos de los mozos de fonda, botones y chóferes: «¡Hotel Colombia!, ¡Hotel Continental!, ¡Hotel Mariola!, ¡Hotel Cataluña!» y muchos más nombres de fondas y hospederías. Las carretas de mano eran cargadas de maletas y baúles por los mozos de estación que las conducían a través de los distintos cuerpos de edificio, a los andenes exteriores, donde esperaban a los autobuses para el traslado de equipajes y viajeros a las fondas respectivas.

Un caballero con barba y bigote entrecanos, que hasta entonces había permanecido asomado a la ventanilla de un vagón mirando extrañado los grandiosos edificios de la estación al notar que ya estaba vacío su coche, cogió su maleta y descendió al andén. Dejóla en el suelo e hizo una seña a un botones con uniforme de kaki y polainas de cinta de paño, en cuya gorra se leía: «Hotel Mariola».

No se entretuvo el muchacho en acudir y cargar con la maleta. ¿Al Mariola? preguntó. «Sí. «Haga el favor de seguirme». Y el botones, con esa ligereza que les es peculiar, fue abriéndose paso entre la multitud del andén, seguido de cerca por el viajero. Al atravesar la espaciosa sala de equipajes se detuvo un momento el forastero para mirar la atrevida cúpula de cristalería que cubre la confortable estancia; pero no pudo detenerse en su observación porque ya se le perdía de vista el botones.

Salió al andén de carruajes y se maravilló de encontrarse en una gran plaza, perfectamente adoquinada, donde era intensísimo el tráfico de autos, autobuses, cabriolés y toda suerte de vehículos para el traslado de personal, que ya se ponían en marcha abandonando la ancha acera de la estación.

Mientras subían su maleta sobre la cubierta del lujoso autobús propiedad del Hotel Mariola, permaneció don Federico Gisbert – que así se llamaba nuestro viajero – mirando extasiado la grandiosa fachada de la estación y los edificios de enfrente, casi todos almacenes y agencias comerciales; subió por fin al autobús el cual se puso en marcha inmediatamente.

Salió de la plaza del Norte y bajó el coche por la travesía del Comercio, nombres que pudo saber gracias a los rótulos colocados uno a cada lado del chaflán de la plaza con dicha calle asimismo adoquinada no obstante su ligera pendiente. Asomado a una ventanilla observaba el viajero el movimiento de la calle cuando, de repente, dobló el autobús una esquina a la derecha, entrando de lleno en una gran avenida.

Lo primero que pudo ver fue el paso de un tranvía junto al coche en el que iba, lo que acabó de maravillarle; pero enseguida vio otra cosa que le trajo a la memoria que estaba en el el pueblo que abandonó hacía treinta años; y fue un extenso estanque en cuya centelleante superficie se reflejaba la artística fachada de un palacete construido en el lado opuesto.

Volvieron a cubrirle el horizonte los grandes edificios construidos a ambos lados de la espaciosa vía. Asomó la cabeza por la ventanilla para alquilatar la longitud de la calle y la vio perderse de vista a lo lejos, en dirección Noroeste. Los autos y tranvías circulaban si cesar promoviendo ensordecedor barullo. Vio una calle que cruzaba perpendicularmente la ancha que llevaba de ruta. inmediatamente se presentó a sus ojos un gran edificio en cuyo balcón principal ondeaba una bandera desconocida para él y en el punto de sostén del asta un escudo en cuyo limbo leyó: «Consulado de Alemania-Alcoy». En seguida vio otra grandiosa construcción de piedra de sillería con grandes puertas de arco romano; y encima, en letras de plomo incrustadas en la pétrea cornisa de lo alto, la inscripción: «Estaciones Ferro-carril Alcoy Gandía y Puerto, y Alcoy Muro Villena». Se reclinó sobre su respaldo extasiado, admirado del cambio que había experimentado su pueblo durante treinta años. Apareció otra calle transversal en el fondo de la cual creyó adivinar don Federico las casas del viejo barrio de Carabanchel.

Entonces apareció una manzana o cuadra en la que se distinguían carias construcciones interiores a una tapia de sillería y las paredes grises de edificios de poca altura con pequeñas ventanas. Luego una plazoleta interior, cerrada por una verja de hierro en medio de la cual se abría una amplia puerta del mismo metal sobre cuyo férreo dintel se leía en caracteres asimismo de hierro «Mataderos». Esta construcción estaba intacta de cuando se marchó de Alcoy el viajero, únicamente la verja de cierre de la plazoleta interior le faltaba.

Ahora una calle ancha y pendiente en la que don Federico creyó recordar la bajada de Algezares. La parte opuesta al paredón del matadero estaba edificada con casas de dos o tres pisos, pobres, pero decentes; de estilo sencillo, pero sin carecer de estética. Un rótulo en el chaflán donde en otro tiempo estuvo la ignominiosa casilla de consumos rezaba: «Calle de Calderón de la Barca». Después de unas cuantas casas avanzó el autobús por el Puente de la Pechina, desde donde gozó el recién llegado del placer de volver a ver el casco viejo de su pueblo, si bien intensamente modificado, coronado por el «Campanar» y la cúpula o media naranja del templo de Santa María; a la derecha el monumental puente de San Jorge, que el recién llegado no vio terminado sino en fotografías, y a la izquierda una porción del férreo y no menos monumental Viaducto asomando por encima de los tejados del barrio de Algezares.

Pasado el puente una gran fábrica de tejidos. Un rótulo que dice «Avenida de Canalejas» y otros muchísimos edificios, casas de comercio, fondas, oficinas de fábricas, cerradas a la sazón por ser domingo. Una calle que atraviesa esta avenida: «Calle de Viriato», reza el rótulo. En uno de sus dos chaflanes un artístico edificio con dos pisos con un letrero, «Banco Central», en el balcón principal de la fachada, y luego, contrastando con la anterior, una grandiosa construcción de cemento y hormigón armado, de ocho pisos de altura, donde se detuvo el autobús: era el Hotel Mariola.

Bajaron todos los viajeros y penetraron en el hotel. Don Federico permaneció unos instantes en medio de la calle haciéndose cargo del movimiento de tranvías, coches de lujo, autobuses y demás vehículos de tracción mecánica y animal. Gozaba infinito viendo a su viejo pueblo convertido en una capital próspera y floreciente. Qué placer experimentó el buen señor viendo aquellos graciosos cabriolés descubiertos tirados por lindas jaquitas cuyas riendas tenían en la mano lo mismo cocheros mercenarios que lindas señoritas, propietarias de los cochecitos, que gesticulaban sonrientes con alguna amiguita de paseo. Asimismo circulaban infinidad de torpedos y demás autos de lujo conducidos por personal ora masculino ora femenino.

No cesaba un momento el bullicioso tintineo de los tranvías que cruzaban por delante del hotel procedentes ya de la Avenida de San Jorge, en la cual formaba chaflán el edificio del hotel, ya de la de Canalejas, que se prolongaba entre los tupidos jardines de los chalets o entre casas de seis u ocho pisos, cuyo contraste formaba una discordante armonía algo neoyorquina.

Frente al chaflán del hotel se levantaba una linda construcción de mármol rosado con dos torres, una a cada lado, coronadas por sendas caperuzas piramidales cubiertas con azulejos verdes: era el palacio de Correos y Telégrafos, construido a modelo del de Alicante y recientemente inaugurado. La fachada principal de esta construcción, que con el chalet construido a sus espaldas formaban la manzana entera, daba a una plaza ornada con una hilera lateral de olmos jóvenes y varias mesetas de jardinerías en medio de las cuales se levantaba un obelisco piramidal de más de quince metros de altura en cuya base había un grupo escultórico cuya significación no pudo descubrir dos Federico por la distancia que mediaba entre la puerta del hotel y el monumento. Alrededor del obelisco jugaban multitud de niños, alegradas sus almitas por el colorido y los perfumes de sus hermanas las flores, y a cubierto de cualquier percance por parte de los vehículos. Frente al hotel, al mismo lado de la Avenida Canalejas y al opuesto de la de San Jorge, reconoció el viejo chalet de don Carlos Pérez, rodeado del tupido arbolado de su jardín, la primera construcción urbana que se edificó en aquellos lugares.

Después dirigió su vista a lo largo de la Avenida de San Jorge, transitada por numerosos vehículos e infinidad de peatones que paseaban a lo largo de sus anchas aceras y al fondo de esta calle apercibió la maciza y vetusta fachada del templo de San Agustín. Después de aquellas observaciones ya recordó perfectamente la disposición de las calles que en un principio tan extrañas le parecieron; sí, le costaba trabajo creerlo, pero estaba en Alcoy.

Su última mirada fue para la mansión donde iba a alojarse durante quince días y cuyo solo nombre le había decidido a optarla como paradero. Era una hermosa y robusta construcción de hormigón armado, que formaba chaflán con las dos grandes vías de San Jorge y de Canalejas. En la balaustrada del primer balcón, sobre el chaflán, que era de tres planos de biselamiento, se leía en gruesos caracteres de cobre: «HOTEL MARIOLA». En lo alto del chaflán había una cúpula de cubierta pizarrosa con varios ornamentos escultóricos y sobre esta cúpula un monumental grupo escultórico de dos enormes figuras de granito; la de una mujer, vestida con túnica romana y la cabeza en alto, con un aire de movimiento todo su cuerpo como si fuera a avanzar por el espacio dejando atrás la cúpula, y la de una pantera que sigue a la erguida figura femenil lamiendo una de sus manos. En la mente de don Federico apareció como una tenue reminiscencia el recuerdo de sus lecturas cuando joven, viviendo en la calle de San Francisco de aquella misma población. Con aquel grupo escultórico y con el nombre de Mariola creyó ver reaparecer en su mente la legendaria figura de la hija de Saxto Mario vagando melancólica, seguida siempre de su fiel pantera Pinta, por las agrestes soledades de la hermosa serranía que en la posteridad debía llevar su nombre e inmortalizarlo así.

Bajó su cabeza el recién llegado, pues ya le dolía el cuello de mirar a aquella altura, y penetró en el hotel siguiendo a los empleados que ya habían descargado las equipajes de la cubierta del autobús.

 

II. Alcoy regionalista

El día siguiente al de su llegada, 2 de Octubre de 1956, pensaba don Federico dedicarlo a buscar alguno de sus antiguos conocidos, pero vio que era poco menos que imposible el encontrar uno tan solo, pues, ¿quién iba a acordarse de él después de treinte años de ausencia, sin haber sostenido correspondencia en todo este tiempo con ningún alcoyano? Él mismo apenas sí se acordaba de los nombres de sus amigos de infancia y adolescencia; ya serían todos hombres maduros o casi viejos, como él. ¡Qué difícil era que le recordasen! Si el pueblo hubiera permanecido estacionado tal vez reconociera a algunas familias, pero con la evolución que había experimentado era imposible. Había dejado Alcoy con cuarenta mil habitantes y ahora lo encontraba con cerca de cien mil.

En todo caso debía buscar en el casco viejo de la población, que es lo que él conocía, pues la parte nueva, donde estaba edificado el hotel Mariola, le era completamente desconocida. Cuando él dejó aquellos terrenos no eran más que bancales de regadío de l’Horta Major en los que empezaban a esbozarse las calles que ahora estaban edificadas y perfectamente urbanizadas. Pero no; a él no le era necesario ningún guía; gozaría sólo el placer de observar a su pueblo, a su patria chica, a su cuna. Adquiriría un plano, se haría cargo del progreso de la ciudad y dedicaría los quince días que se había propuesto pasar allí, visitando todo lo que de notable se había hecho en Alcoy. Este propósito se hizo y así lo cumplió.

A las nueva de la mañana salió del hotel y atravesó la Avenida de Canalejas en dirección a la plaza de enfrente donde estaba el palacio de Correos y Telégrafos. En cada uno de los ángulos del cuadrado que formaban las hileras de olmos que encuadraban los jardines interiores había un quiosco de periódicos y revistas, lindas construcciones de estilo árabe, con arcos de herradura y techumbre en cúpula, que había hecho el Ayuntamiento en distintos puntos de la población para alquilarlas a los vendedores de periódicos y evitar el que éstos los voceasen por las calles. En uno de ellos adquirió un pequeño volumen guía donde estaba insertado el plano de la ciudad. Con el librito en las manos levantó la vista al rótulo de la esquina del edificio de Correos y leyó: «Plassa de la Llengua Valenciana». ¡Oh! qué placer experimentó al leer aquellas palabras. Alcoy, a pesar del transcurso de los años, aún conservaba su amor al dialecto, a la lengua que un tiempo fue alma de la región. Si la primera impresión que tuvo al entrar en la ciudad le hizo ver su progreso material, el sencillo descubrimiento de ahora le había demostrado que en Alcoy aún quedaba algo de espiritualismo. Cuán cierta le pareció entonces aquella frase de Goethe que hasta entonces había tenido por insustancial y vulgar: «El dialecto es el elemento vital en que el alma respira más a gusto».

Avanzó por las veredas del jardín hasta el obelisco del centro. Los bordes de las mesetas, de vegetación esmeradamente cuidada, estaban marcados por hileras de mosaicos de dos o más colores que alternaban lindamente con el colorido de las flores.

Llegó al centro del lindo parterre y su entusiasmo llegó al grado sumo al contemplar el monumento que constituía el gigante obelisco de granito y el grupo escultórico de la base: era el monumento a la Lengua Valenciana. Estaba constituido por el consabido obelisco piramidal de granito, ornado en toda su altura y por las cuatro caras con imágenes de naranjos y palmeras esculpidas en relieve; la enorme masa granítica descansaba sobre un pedestal de mármol rosado esculpido en forma de barraca valenciana, con las inclinadas vertientes de su techumbre simulando paja de arroz y la puertecilla y los ventanucos admirablemente esculpidos en distintos lugares de las paredes. El grupo escultórico de la base estaba constituido por sos estatuas de mármol, de tamaño algo menor del natural, una a cada lado de la barraca-pedestal del obelisco, y eran las de una pareja de hortelanos de la vega levantina ataviados con la indumentaria clásica. El varón con los genuinos y amplios zaragüelles, pañuelo a la cabeza y la típica manta morellana colgada al hombro. La mujer, admirable escultura de una de esas incomparables flores dignas de esta preciada región; pañuelo de Manila al busto, falda bordada dificilísima labor sobre mármol, brazos desnudos hasta el codo y en sus finas manos una rosa. La posición de los dos cuerpos y la expresión de los rostros era perfecta: mostraban un aire de movimiento y alegría saturado de optimismo de ese optimismo noble que da la confianza de lograrlo todo por el trabajo y la honradez. Sostenida por una mano de cada personaje y apoyándose en un punto de la arista que formaban las dos vertientes del tejado de la barraca había una hoja de bronce simulando un pliego de pergamino en donde se leía con caracteres de relieve: Alcoyans, ¡Vixca per molts anys nostra dolça i armoniosa llengua!

Aquellas palabras cayeron sobre el espíritu del buen señor como un bálsamo beneficioso, despertando en él una tenue reminiscencia de sus tiempos juveniles. Recordó sus lecturas valencianas del Tirant lo Blanch de Martorell y del Llibret de versos de Llorente. Sí, después de la primera impresión comprendió perfectamente el significado de aquellas palabras. Treinta años de completa ausencia no habían conseguido borrar de su alma el grato recuerdo de su lengua materna. También el grupo escultórico de la base del obelisco le recordó ¡cómo no! aquellas preciosas carrozas que en l’Entrá dels Cristians sacaban els maseros por las calles de la ciudad. ¡Oh dichosos recuerdos, sustento del espíritu, inmutable a través de los materialismos del tiempo!

La plaza de la Llengua Valenciana, según pudo observar por el tráfico incesante que circulaba por las calles laterales, especialmente por la Avenida Canalejas, había pasado a ser uno de los puntos céntricos de la población. Las calles laterales son : la Avenida Canalejas al sur; la de Góngora, prolongación oblicua de la Avenida de San Jorge, al oeste; la de Viriato al este y la del Cid, primera de las paralelas a la Avenida Canalejas, al norte.

Los edificios en ella construidos también eran dignos del sitio: por una parte, al otro lado de la Avenida Canalejas, la monumental construcción del Hotel Mariola; por el lado de la calle Góngora el palacio de Correos y Telégrafos; en la calle del Cid, un grandioso edificio, también de cemento y hormigón, en medio de cuya soberbia fachada se leía en grandes caracteres dispuestos formando arco de círculo «Los Ángeles – Gran Cinema»; por último, el edificio que daba a la plaza por la parte de la calle de Viriato no se dejaba aventajar por los otros: era una robusta construcción de sillería (piedra blanca de las canteras de Mariola) del más puro estilo español, en el borde alto de cuya fachada, sobre la línea de balcones del sexto piso, aparecía la balaustrada de una gran terraza: este edificio era tipo perfecto de casa de rentista; la planta baja estaba ocupada por un gran bazar.

Desplegó el plano y se puso a mirarlo. Aquella plaza donde se encontraba tuvo el nombre de «Hernán Cortés» cuando aún estaba en proyecto y solamente visible en el dibujo de la tercera zona de ensanche del plano editado en 1925. ¡Oh, lo mismo que éste, cuántos nombres habían sido cambiados en la geografía urbana de la ciudad! ¡Cuántos nombres insustanciales y personajes de somera importancia para Alcoy se habían transformado en otros expresivos y que justamente merecían la honra de dar nombre a las calles de una ciudad tan activa y culta! Los antiguos arquitectos e ingenieros municipales se ve que miraban el calendario cada vez que habían de bautizar alguna calle de Alcoy; sí, era la obra de una generación decaída y nada entusiasta.

Observando el plano se convenció don Federico que no era solamente esta plaza la bautizada con palabras valencianas. Varias eran las calles cuyo rótulo ostentaba el título de carrer en vez del de calle. eran las menos, es decir, las que desde los tiempos más remotos se habían llamado así. y ¿qué inconveniente había en usar la palabra carrer? También en Cataluña suelen llamar ramblas a las avenidas y en Galicia ruas a las mismas calles.

En algunas de las vías alcoyanas se habían sustituido los nombres ficticios e insustanciales, puestos por los que querían civilizar a nuestro pueblo por los genuinos y castizos, tal observó el alcoyano que sucedía con los carrers de La Font Nova, La Casa Blanca, Major, Caragol, de la Sardina, de la Beniata, la Costera de les Esclaves, de la Cordeta, del Tap, y plazuelas como las de les Eres, del Carbó, del Fosar, del Terrer.

Sí, Alcoy no se avergonzaba de lo que había sido; gustaba de recordar y saborear aquellos castizos nombres y los hacía figurar como oficiales en planos y guías. Los nombre de Goya, Lorenzo Casanova, Emilio Sala y otros que durante algún tiempo dieron nombre a las calles y plazas antes mencionadas los encontró don Federico en otras calles de la parte nueva de la ciudad. La calle de Alicante, como un tiempo se llamó oficialmente la vieja Beniata, la encontró en el plano dando nombre a la que en otro tiempo se llamó «Camí» o Calle de Santa Marta. De este modo no había necesidad de hacer desaparecer aquellos nombres tan genuinos y expresivos de la vieja y castiza nomenclatura urbana de Alcoy.

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